Excerpt for La última jugada by Fernando Trujillo, available in its entirety at Smashwords

LA ÚLTIMA JUGADA


Fernando Trujillo



SMASHWORDS EDITION



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La última jugada

Copyright © 2010 Fernando Trujillo


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LA ÚLTIMA JUGADA



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CAPÍTULO 1


La pequeña sierra dejó de girar cuando el esternón se quebró con un chasquido seco. Sus dientes, teñidos de rojo, siguieron rodando unos segundos, perdiendo velocidad gradualmente hasta detenerse por completo.

Álvaro dejó la sierra a un lado y separó las costillas. La masa roja quedó a la vista, palpitando con ritmo constante.

―Es un corazón muy grande ―dijo la enfermera.

―Sí que lo es, pero hay que extraerlo ―apuntó Álvaro en tono aburrido.

Ya había realizado varios trasplantes de corazón y no sentía nada remotamente parecido a un reto. Se trataba de un procedimiento rutinario para él. El paciente obtendría un corazón nuevo y pasaría el resto de su vida tratando de prolongarla el máximo posible. Acataría dócilmente un sinfín de normas, que implicarían renunciar a gran cantidad de vicios y actividades que la inmensa mayoría de las personas consideraba placenteras, y lucharía por aferrarse a este asqueroso mundo cuanto le fuese posible.

Álvaro le envidió.

―Bien, vamos allá ―dijo dirigiéndose a su equipo―. No quiero ni un solo…

La puerta se abrió de repente, cortando su discurso. Álvaro clavó una dura mirada en el entrometido y consideró retirarse la máscara antes de hablar. Quería asegurarse de que se escucharan con claridad todos los insultos con que iba a inflar su explicación de por qué no era aconsejable irrumpir en un quirófano.

El recién llegado ni siquiera vestía una bata, iba con ropa de calle y lucía una sonrisa despreocupada, tan campante.

Álvaro dejó el instrumental sobre una mesa y se acercó al intruso. Su compañero y las dos enfermeras estaban tan sorprendidos que no reaccionaron. El desconocido se aproximó a Álvaro y le tendió un sobre negro con los bordes blancos antes de que pronunciase una sola palabra. Álvaro agarró el sobre de mala manera, intuyendo cuál era su contenido. El mensajero no esperó ni un segundo; se dio la vuelta y salió del quirófano.

Sin duda era una resolución legal destinada a detener el trasplante de corazón. Era un mal asunto. Álvaro no había prestado la debida atención a los pormenores de la situación de su paciente, no le importaban en absoluto. Recordaba vagamente que había dos mujeres luchando por decidir qué era lo más conveniente. Una estaba a favor del trasplante, su mujer si no le fallaba la memoria, y la otra se oponía, esa debía de ser su hermana. ¿O era al revés?

En cualquier caso, el dictamen de los médicos no parecía contar con el peso suficiente para garantizarle a ese pobre desgraciado, a quien no se consideraba en plenas facultades mentales para decidir su propia suerte, un nuevo y saludable corazón. En parte era por su culpa; no es que se hubiera volcado en comunicar su opinión médica profesional. Informó del estado del paciente, recomendó el trasplante y luego dejó la mente en blanco mientras aquellas arpías se despedazaban mutuamente en su lucha por demostrar quién quería más al paciente, y por consiguiente, quién debía decidir.

Estaba claro que la perdedora había recurrido a métodos legales para insistir en salirse con la suya. Algún juez medio idiota, que no entendía nada de medicina, habría resuelto detener la intervención para que los médicos acudiesen a un tribunal a exponerle la situación una y otra vez hasta que su señoría entendiese que debía dar la razón a los profesionales del sector y apoyar el trasplante; de ahí que ahora le notificasen por escrito que no operase al paciente.

Álvaro conoció un caso similar unos años atrás. Se trataba de una amputación de pierna, pero el sobrecito llegó tarde y se encontró con una pierna que no estaba unida ya a ningún cuerpo. En esta ocasión, el paciente sólo tenía el pecho abierto de par en par. Iban mejorando.

―¿Qué es? ―preguntó su compañero.

Álvaro suspiró con desgana.

―Imagínatelo ―dijo mientras rasgaba el sobre con sus guantes manchados de sangre―. Lástima que no lo hubieran enviado unas horas antes. Nos habríamos ahorrado rajar al paciente. Le va a quedar una cicatriz preciosa, y todo para nada. Eso sucede cuando…

Álvaro cerró la boca y se tragó el resto de la frase. No se trataba de una notificación legal, ni siquiera era una carta oficial. El papel estaba plegado sobre sí mismo dos veces. Álvaro lo desdobló a toda prisa, sin poner cuidado alguno. Jamás había visto algo parecido. La carta estaba escrita a mano, con una caligrafía muy elegante, de trazos estilizados y terminaciones alargadas, impregnada de un cierto aire antiguo e imperecedero. Algo recargada, tal vez. La tinta era roja y presentaba un tono a veces muy vivo, otras, apagado. Álvaro no pudo imaginar una pluma o bolígrafo capaz de extender una tinta que reflejase semejantes oscilaciones. Tampoco le resultaba fácil creer en una mano que dibujase aquellas letras, y sin embargo, sabía que ningún ordenador ni máquina de escribir hubiese podido dar ese toque a aquella carta.

Leyó con gran atención. Se extrañó un poco al ver que sus guantes de látex no dejaban manchas de sangre sobre el papel de la carta como lo habían hecho en el sobre que la contenía. Las palabras se formaban en su mente con una naturalidad sorprendente, fluían con suavidad y le impedían dejar de leer. Por un instante, olvidó el lugar en el que se encontraba y qué estaba haciendo.

Cuando terminó la lectura, Álvaro lo entendió todo a la perfección.

Arrojó la carta al suelo, despreocupado, y se fue hacia la puerta mientras se quitaba la mascarilla y los guantes.

―¿Dónde vas? ―preguntó la enfermera.

―¡Eh! ¡Que tenemos a un tipo abierto sobre la camilla! ―gritó el otro cirujano, asombrado.

Álvaro no les hizo el menor caso. Comenzó a quitarse la bata sin dejar de andar. Al llegar a la puerta la tiró al suelo y salió sin decir nada. Nadie supo cómo reaccionar. Las dos enfermeras y el cirujano cruzaron una mirada de incertidumbre al no saber por qué Álvaro les había abandonado de ese modo tan frío y precipitado.

―Deben de haberle dado una mala noticia ―aventuró la enfermera agachándose para recoger la carta―. Tal vez un pariente haya sufrido un accidente.

El otro médico no estuvo de acuerdo con esa conjetura. Álvaro se hubiese marchado corriendo y habría dado alguna explicación. No hubiera dejado el quirófano con un paso tan tranquilo. No, no era eso. Demasiado… indiferente.

―¡Más te vale tener una buena excusa o pienso dar parte de esto, imbécil! ―gritó el cirujano―. ¿Y bien? ¿Qué pone en esa carta?

El rostro de la enfermera se había deformado en una mueca imprecisa. El médico estaba perdiendo la paciencia. Arrancó el papel de las manos de la enfermera y lo examinó en busca de una aclaración.

No la encontró. El papel estaba en blanco.



# # #



Judith llegó a casa algo deprimida. Colgó el abrigo y no vio en el espejo de la entrada el rostro angelical que todo el mundo le atribuía. En su lugar contempló a una jovencita de unos veinte años, a pesar de que tenía treinta, de mirada triste y aspecto derrotado. Con gusto le hubiese soltado una bofetada a ver si reaccionaba.

Sobre la mesa de la cocina, encontró un montón de cartas que la asistenta había dejado allí tras recoger el correo. Judith las repasó rápidamente. Todo propaganda. Sus ojos se detuvieron un instante en un sobre negro con los bordes blancos que sobresalía entre los demás. No había nada escrito en él, así que dedujo que no sería importante. Y si lo era, ¿qué más daba? Que hubiesen indicado su contenido en el exterior.

Arrojó un par de troncos a la chimenea y encendió el fuego para intentar relajarse. El olor a leña quemada le encantaba. Cuando las llamas comenzaron a bailar cobre la madera, lanzó todo el correo al fuego y se quedó ensimismada viendo arder la condenada propaganda. Perdió la noción del tiempo.

John Lennon la trajo de vuelta a la realidad de la mano de Imagine, su canción favorita, mientras el móvil vibraba sobre la mesilla.

―¿Sí?

―Por fin coges el teléfono ―dijo la voz de Néstor. Judith maldijo haber contestado sin mirar antes quién llamaba―. Sólo pretendo que hablemos.

―Ahora no, Néstor. No me encuentro muy bien.

―¿Entonces, cuándo? Me merezco una explicación ―dijo Néstor sin poder disimular su enfado―. Me pediste tiempo y creo que he sido más que razonable. Llevo esperando cuatro meses.

―Lo sé y te lo agradezco. Pero no pasa nada por esperar un poco más.

―¡Eso se acabó! ―gritó Néstor. Judith retiró un poco el móvil―. Puedo hacer cualquier cosa por ti, pero al menos dame una razón. No me trago la excusa que me diste para dejarme. Eras feliz conmigo, Judith. Lo sé, se te notaba.

Ella también lo sabía. Se permitió un momento de flaqueza y una avalancha de recuerdos felices invadió su mente con una fuerza demoledora. Se vio a sí misma con Néstor seis meses atrás. Estaban en la cama tumbados entre las sabanas, acababan de acostarse juntos…

Judith sacudió la cabeza con brusquedad. Era un error revivir esas escenas, un descuido que no se podía permitir.

―No puedo decirte nada nuevo, Néstor ―dijo con un nudo en la garganta―. Necesito un poco más de tiempo.

Néstor tardó en responder.

―Ya no puedo más, Judith, lo siento. Llevo meses aguardando, dándole vueltas, sin una explicación por tu parte. Me volveré loco. Tienes que decidir de una vez. O compartes conmigo lo que sea que te esté ocurriendo o esto se acabó definitivamente.

―No me presiones, Néstor. Solo necesito un poco más de tiempo. Lo estoy haciendo por ti, no me obligues a escoger ahora.

―Ya no lo soporto más ―dijo con la voz destrozada―. O me dejas entrar de nuevo en tu vida o me perderás para siempre ―sentenció.

―Entonces te perderé.

Judith colgó y luego estrelló el teléfono contra la pared. El móvil saltó en pedazos. Permaneció sentada con la mirada perdida en las llamas onduladas de la chimenea durante un tiempo indeterminado, hasta que su rabia se fue desvaneciendo lentamente.

Empezó a adormecerse, a sentir cómo su cuerpo se relajaba, y agradeció que su mente le permitiese distanciarse del mundo. Se tumbó en el sofá y se cubrió con una manta.

Se despertó con un sobresalto. Una sensación desconocida la apremiaba, como una especie de alarma. Tal vez había tenido una pesadilla. Se incorporó a medias y se frotó los ojos. Aún era de día, así que no podía haber dormido demasiado. Sin embargo, el fuego estaba prácticamente extinguido. Una par de brasas anaranjadas sobresalían entre los restos de cenizas. Los leños se habían consumido y no quedaba nada más que… Aquello no podía ser. Debía de seguir dormida porque era imposible lo que sus ojos estaban viendo.

Judith se arrodilló junto a la chimenea y cogió el sobre negro de bordes blancos, que estaba parcialmente sepultado bajo las cenizas. ¿Cómo era posible que no hubiese ardido?

Lo abrió a toda velocidad, presa de una gran excitación, y extrajo un papel sencillo sobre el que reposaban unas letras rojas trazadas con una caligrafía imposible de confundir. Judith leyó con mucha atención el contenido.

Cuando terminó, dejó la carta en el suelo, fue a su cuarto a cambiarse de ropa y luego se marchó de casa.



# # #



Lo primero que hizo Héctor fue ir al banco para averiguar cuánto podía conseguir. Fue bastante decepcionante.

No le cogió por sorpresa enterarse de lo poco que valía su vida. Había exprimido todo cuanto tenía de valor para solicitar un préstamo por el mayor importe posible.

―Si usted contase con un aval podríamos aumentar la cantidad ―dijo la eficiente señorita que le atendió en el banco―. Quizás algún familiar suyo pueda aportar…

―¡No! ―gritó Héctor―. Quiero el máximo que pueda obtener yo solo, sin involucrar a nadie más.

Su casa era lo único que el banco consideraba valioso. Y tampoco resultaba demasiado. El triste apartamento en el que vivía apenas alcanzaba los cuarenta metros cuadrados, y era suyo gracias a una herencia. Cuarenta y tres años y esa era toda su fortuna.

Hasta la semana siguiente no hizo nada más. Llevó al banco la documentación que le exigieron y el resto del tiempo permaneció en casa. En dos ocasiones salió a la calle, una para comprar algo de comida, la otra para ir al médico. Su psiquiatra le hizo las preguntas de siempre. Héctor las contestó distraído, recogió las recetas y pasó por la farmacia para comprar los ansiolíticos y los antidepresivos.

Por fin le concedieron el préstamo, diez días después de entregar la documentación y formalizar la solicitud. Héctor puso una transferencia por el total del importe a otra cuenta de un banco distinto y dejó solo un euro en la suya.

―Es una cantidad importante ―dijo la cajera alzando las cejas―. La comisión de la operación será muy elevada.

―Me da lo mismo ―repuso Héctor.

Luego fue al otro banco y preguntó cuándo podía retirar todo el dinero en efectivo. De nuevo se alzaron las cejas de quien le atendía. El empleado le pidió amablemente que esperara y se fue a hablar con un compañero. Héctor imaginó que estaba consultando a un superior.

―En tres días estará disponible su dinero ―informó el cajero.

Héctor regresó a su casa y esperó pacientemente a que transcurriese el periodo indicado. A los tres días regresó al banco, vestido con la misma ropa, y retiró el dinero. Fue todo muy sencillo y muy rápido. Había imaginado que tendría que firmar muchos papeles e incluso contestar varias preguntas. No sucedió nada de eso. Le entregaron el dinero y le pidieron que lo contara.

―No es necesario, me fío de ustedes ―dijo Héctor.

Firmó una única vez y salió del banco con el dinero guardado en una mochila naranja, de esas que utilizan los chavales para ir al instituto. Tomó un taxi que le llevó hasta su destino en unos razonables veinte minutos. Héctor pagó al taxista y luego se quedó sentado en la calle, en las escaleras de un edificio de oficinas. Sujetaba la mochila contra su pecho con los dos brazos. En dos ocasiones, los transeúntes dejaron caer monedas a sus pies. Héctor no las recogió.

Allí permaneció dos horas más hasta que vio a su objetivo al otro lado de la calle. Una mujer rubia, muy delgada, llegó caminando con un niño que cojeaba. El chico aparentaba unos diez años y tenía una prótesis que sustituía su pierna derecha.

Héctor se levantó en cuanto les vio y cruzó la calle sin mirar. Un coche tuvo que dar un frenazo para no llevárselo por delante.

―¡La madre que te parió! ―gritó el conductor―. ¡Mira por dónde vas, anormal!

La mujer rubia se giró atraída por el escándalo y vio a Héctor acercándose a ella.

―No se alarme ―dijo Héctor intentando sonar muy tranquilo―. Sólo he venido a entregarle esto ―añadió ofreciéndole la mochila.

La mujer le miró extrañada. Una mezcla indescifrable de emociones se dibujó en su rostro. Héctor temió que fuese a echar a correr. Quizá lo hubiera hecho de no estar su hijo con ella.

―¿Quién es este hombre, mamá? ―preguntó el chico―. Está muy sucio y su ropa está rota.

La madre no reaccionó. Siguió congelada con una mueca de terror y rabia en la cara. Apretaba la mandíbula con mucha fuerza. Héctor comprendió que hacía lo imposible por dominarse.

―Sólo quiero hacer cuanto esté en mi mano ―dijo muy serio―. No he podido reunir más. Dentro hay setenta y dos mil euros. ―Héctor le acercó la mochila.

La mujer continuó sin moverse.

―No tienes por qué hacerlo ―logró decir con mucha dificultad.

―Yo creo que sí. Aunque sólo sea por su hijo, tiene que tomar esta mochila. ―La dejó en el suelo y retrocedió dos pasos. El niño cojeó junto a su madre y se agachó para coger la mochila. Héctor miró su pierna falsa y añadió―: Ojalá hubiera podido hacer algo más.

Se fue sin despedirse. Regresó a su casa y esperó. Dos días más tarde recibió la carta. La encontró por la mañana, al despertarse, tirada en el suelo, como si alguien la hubiera deslizado por debajo de la puerta. Era un sobre negro con los bordes blancos. Héctor leyó el contenido y luego salió de su casa.

No se molestó en cerrar la puerta.



# # #



El cuello de Dante siempre estaba arropado por una camisa impecable y una corbata con un nudo Windsor perfecto. Por eso resultó tan chocante verle entrar en su despacho con el botón de la camisa desabrochado y la corbata aflojada, sin su acostumbrado alfiler, rebotando contra su pecho al son de sus pasos.

Dante tomó un informe financiero, resumido en trece folios, lo metió en una carpeta vacía y salió de su despacho. Recorrió el pasillo de vuelta a la reunión ajeno a las miradas furtivas que le dedicaban sus empleados.

Apenas le quedaba pelo en la cabeza, y los escasos mechones que aún resistían eran totalmente blancos. Su rostro estaba ajado por una piel muy erosionada, surcada por incontables arrugas. Una barriga enorme, una espalda ancha y dos ojos oscuros eran los atributos que más resaltaban de él a primera vista. Dante tenía sesenta y tres años, y jubilarse dentro de dos era el último de sus pensamientos.

En la sala de reuniones le esperaba su abogado y único amigo junto a su principal asesor financiero.

―¿Has comprobado los datos que te envié? ―preguntó el asesor.

―Los tengo aquí mismo ―dijo Dante agitando en alto la carpeta. Tomó asiento y luego sacó el informe―. ¿Es este el informe al que te refieres?

El asesor financiero confirmó con un vistazo que era el complejo análisis que su equipo había confeccionado durante las últimas dos semanas.

―El mismo. Como verás las cifras son correctas y revelan…

―Todo está en orden. Estoy de acuerdo con las cifras.

―Entonces, parece que estamos todos conformes ―dijo el abogado.

El asesor financiero apenas pudo contener su alegría.

―Es una operación inmobiliaria segura. En unos cinco años, cuando revaloricen el terreno, vamos a multiplicar la inversión por diez. No te arrepentirás…

―Desde luego que no ―repuso Dante―, porque no vamos a realizar esa operación.

Se produjo un silencio incómodo.

―No lo entiendo ―dijo el asesor―. Estás de acuerdo con el informe. ¿Cuál es el problema? Tenemos sobornadas a las personas clave, no hay riesgo.

―¿No lo ves claro, Dante? ―preguntó el abogado, sorprendido―. Es tu tipo de operación, has participado en miles como esa.

―Conozco muy bien los negocios que he hecho ―dijo Dante, impasible―. Y en este no voy a entrar. Quiero vender.

―¿Qué? Eso no tiene sentido ―dijo el asesor―. Solo tenemos que esperar cinco años y nos forraremos. No podemos desaprovechar esta oportunidad.

―Sí podemos ―le contrarió Dante―. No me interesa invertir, quiero liquidez.

―¡No me lo puedo creer! ¡Es absurdo!

El asesor cerró enseguida la boca, consciente de que había estallado delante de su jefe. Aún así era evidente que no podía contenerse. El rechazo de una ocasión tan clara de enriquecerse aún más era casi imposible de aceptar para su insaciable ambición.

El abogado intervino antes de que todo empeorase y logró que el asesor financiero abandonase la sala antes de que Dante dijese nada.

―Debes reconocer que tenía razón ―le dijo a Dante cuando estuvieron a solas―. Era un gran negocio. Además, miles de familias se quedarán sin sus viviendas si nos retiramos.

―No es mi problema ―repuso Dante―. Alguien se encargará de construir sus viviendas. Yo tengo otras prioridades.

―Estás muy cambiado desde hace unos meses ―reflexionó el abogado―. Lo que ha sucedido hoy no es propio de ti.

―Eso es asunto mío.

Dante recogió el informe de la mesa y abrió la carpeta para guardarlo dentro, pero no llegó a hacerlo. Su mano se detuvo en el aire.

―¿Te ocurre algo? ―preguntó el abogado al verle paralizado con la mano alzada.

Dante no contestó. Se quedó mirando una carta que descansaba en el interior de la carpeta y que estaba seguro que él no había puesto allí. Dejó el informe y sacó el sobre. Era negro y tenía los bordes blancos, sin referencias en el exterior. Lo abrió y extrajo una hoja de papel escrita en tinta roja. Dante se maravilló por la excepcional caligrafía que tenía ante él. Leyó con mucha atención.

―¿Qué estás mirando? ―preguntó el abogado―. Solo es una hoja en blanco.

Dante terminó de leer y lo dejó todo sobre la mesa. Atravesó la sala de reuniones sin mirar siquiera al abogado y se esfumó.

Dos minutos más tarde, salía por la puerta del edificio con su abrigo puesto.



* * * * *



CAPÍTULO 2


Cuando Álvaro llegó a su destino ya era de noche. Se sintió ligeramente desorientado.

Había salido del hospital hacía muy poco, media hora más o menos, y sólo había recorrido tres estaciones de metro. Recordaba haber alzado la mano para proteger sus ojos del sol, que brillaba con gran intensidad en lo alto del firmamento, poco antes de descender por las escaleras del metro. De modo que… ¡No debería ser de noche!

Álvaro alzó la cabeza y contempló una luna grande y redonda mientras caminaba por la calle. No se veía a nadie más. Sus pasos resonaban en la oscuridad rompiendo el abrumador silencio que le cercaba. Se detuvo bajo la luz intermitente que derramaba una farola inclinada, a punto de caerse, y comprobó el número que tenía delante.

Era allí. Imposible equivocarse. La dirección se había grabado en su memoria a fuego rojo, del color de la tinta con que se había escrito la nota que recibió en el quirófano.

La casa que tenía ante él no concordaba con la arquitectura moderna del resto del barrio. Flanqueada por dos enormes moles de hormigón, de al menos diez pisos de altura, aquella construcción de madera, pequeña y sencilla, parecía proceder de una época diferente, más antigua. Sobre el tejado se apreciaba una cruz de madera, que parecía hecha a mano, peligrosamente inclinada. La casa contaba con una parcela propia, no muy grande, delimitada por una verja oxidada que amenazaba con derrumbarse en varios puntos de su trazado, y que tenía entrelazada una auténtica maraña de hiedra.

Álvaro se acercó y empujó la verja. Estaba abierta. Cruzó el jardín pisando una sucesión de piedras lisas, parcialmente cubiertas de césped, que formaban un tosco camino hasta la entrada. Sus pasos resonaban de un modo extraño contra la piedra. Cuando estaba a medio camino de la puerta, algo le llamó la atención. Vio una silueta que no encajaba entre los arbustos, a la izquierda. La escasez de luz no ayudaba a distinguir el objeto, pero tras observar unos segundos, Álvaro supo qué estaba mirando. Era una cruz de piedra, bastante grande. Comprendió que era una tumba. Y vio algunas más en los alrededores. Se giró para volver al camino y oyó algo que lo desconcertó.

―Creo que esta le gustará ―dijo una voz.

Álvaro se giró a toda velocidad y se quedó boquiabierto al ver a un anciano apoyado sobre la cruz de piedra. Era bajo y tenía el pelo largo y blanco recogido en una coleta. Todo normal, salvo por el detalle de que no había nadie ahí hacía medio segundo o lo hubiese visto. Álvaro no sabía qué decir. El anciano miraba algo que sostenía en su mano derecha, en la izquierda sujetaba un bastón negro.

―Sí, definitivamente es la adecuada ―dijo el anciano. Entonces movió la cabeza y vio a Álvaro―. Anda, mira qué bien. No sabes lo que me alegro de verte, muchacho. Necesito una opinión. ¿Crees que esta flor es la mejor para una mujer que acaba de perder a su marido? ―dijo alargando el brazo.

Álvaro vio un feo manojo de flores silvestres.

―Mejor la rosa ―sugirió señalando un rosal.

El anciano pareció indeciso.

―Creo que te haré caso, muchacho. ―Tiró las flores y cortó una llamativa rosa amarilla de tallo largo―. Sí, creo que tienes razón. Esta le encantara, y mi dulce Gema se merece lo mejor. Te debo un favor y Tedd siempre paga sus deudas. Ahora debo regresar al tanatorio.

Y desapareció.

Álvaro parpadeó varias veces sin estar seguro de poder confiar en sus sentidos. Pasados unos segundos se convenció de que lo había imaginado todo y decidió regresar al camino e ir hasta la casa, que era su objetivo.

No le sorprendió que no hubiese timbre en la puerta. Tenía la impresión de haber entrado en otro mundo, uno en el que la electricidad no era un elemento cotidiano. Levantó el puño, pero no llegó a golpear. Antes de que sus nudillos la tocasen, la puerta se abrió sola, tan lentamente que a Álvaro se le antojó una eternidad. Las bisagras protestaron con un chirrido agudo y alargado mientras giraban perezosamente. El cirujano entró y no se sorprendió cuando la puerta se cerró sola a su espalda, aunque esta vez lo hiciera de forma brusca.

El interior era cálido. Flotaba una fragancia que no supo identificar; era penetrante y embriagadora. De un modo inexplicable, supo que se trataba de un aroma que sólo se capta una vez en la vida. Álvaro no prestó atención a la decoración recargada del recibidor y abrió las dos enormes puertas, en forma de arco, que intuyó daban paso al salón.

Sintió un leve mareo. La estancia era muy amplia, demasiado a juzgar por la pequeña superficie que la casa parecía abarcar vista desde el exterior. Debía de contar al menos con setenta metros cuadrados, algo que no podía caber en la construcción que Álvaro había visto desde fuera. Se obligó a guardar la compostura y mantener el control. Sabía a qué venía y debería haber imaginado que no se trataría de un vulgar apartamento.

El suelo era de madera y estaba cubierto por alfombras con tapizados coloridos y muy enrevesados, que daban la impresión de ser muy mullidas. Álvaro tuvo el repentino impulso de descalzarse y pasear sobre ellas. Los muebles eran evidentemente antiguos, barrocos, y las cortinas, que llegaban hasta el suelo y mantenían las ventanas ocultas, eran de ese color rojo que empezaba a resultarle tan familiar.

―Buenas noches ―dijo Álvaro en tono alegre.

Había dos personas sentadas en un sofá de respaldo alto con un estampado a juego con las alfombras. Una era una mujer, tal vez una chica. Le pareció muy joven. Su rostro era delicado y lucía una expresión triste. Los ojos de Álvaro tardaron en separarse de la fascinante melena negra que le ocultaba los hombros.

A su lado estaba sentado un individuo extraño. Hacía tiempo que no pasaba por la peluquería, eso saltaba a la vista, y tampoco debía frecuentar la bañera. Su pelo estaba sucio, despeinado y largo, casi le llegaba a los hombros. Debía de ser castaño, pero era difícil de asegurar con tanta mugre encima. Sus rasgos estaban prácticamente ocultos por una barba en un estado similar al del cabello. Iba vestido con un chándal cubierto de roña con un roto en forma de siete en una de sus rodillas. Las deportivas que calzaba iban a juego con su indumentaria. Lo único con un mínimo de limpieza era la camisa de cuadros marrones y negros, pero estaba completamente arrugada y no era precisamente lo que mejor encajaba con el resto de su atuendo deportivo. Tenía la mirada perdida en algún punto distante.

Ninguno de los dos le devolvió el saludo.

―Si habéis venido por el mismo motivo que yo, nos espera una noche muy larga ―dijo Álvaro intentando sonar amable―. Será muy aburrido permanecer en silencio.

La chica volvió la cabeza despacio.

―Tienes razón, perdona ―dijo con la voz apagada―. Me llamo Judith y este es Héctor. No habla mucho.

―Ya veo ―dijo Álvaro. Al contemplar de frente el rostro de la chica, reflexionó que era aún más joven de lo que había pensando. Tal vez contase con veinte años. Aquello era horrible. No debería estar allí alguien tan joven―. Disculpa mi atrevimiento, pero aparentas unos…

―Ya era hora ―protestó una voz grave a su espalda―. ¿No podías haber tardado más? Te estábamos esperando, no podemos empezar sin ti.

Álvaro observó con desagrado al personaje que acababa de entrar. Era un hombre mayor, de al menos sesenta años. Estaba gordo y calvo, salvo por algunos mechones blancos casi imperceptibles. Vestía un traje muy caro y llevaba la corbata aflojada. Le resultó vagamente familiar.

Le extrañó un poco la alusión a su tardanza. Había acudido en cuanto recibió la carta, impelido por una necesidad inexplicable de llegar cuanto antes.

―He venido lo más rápido posible. No empecemos con mal pie, no merece la pena ―dijo esbozando una sonrisa. Le convenía llevarse bien con todos ellos, si era posible―. Me llamo Álvaro, y no hay razón para que nos enfademos tan pronto, ¿no crees?

El desconocido le miró con el ceño fruncido durante unos segundos.

―Yo soy Dante ―dijo al final―. Y ahora somos enemigos. No creo que nos llevemos bien.

Una respuesta contundente y sincera. Su análisis de la situación era acertado y no vacilaba en recalcarlo. Eso no beneficiaba su estrategia. Álvaro catalogó a Dante como potencialmente peligroso, probablemente el más fuerte de los tres, basándose en la primera impresión. Un tipo duro, sin duda, y con todo, un imbécil. Le cayó mal. Y no se desprendía de la sensación de que ya le había visto con anterioridad.

―Que vayamos a enfrentarnos no implica que tengamos que odiarnos. Es un juego, después de todo. Si nos comportamos con deportividad…

―Corta el rollo ―interrumpió Dante. Se acercó a una mesa que estaba cerca del sofá y se sirvió una copa de una de las numerosas botellas que había sobre ella―. Bueno, ¿a qué espera nuestro anfitrión para empezar con la fiesta?

―¿Dónde está Zeta? ―preguntó una voz infantil.

Todos intercambiaron una mirada de interrogación. Incluso Héctor, que no había despegado los ojos del suelo, miró a su alrededor con el ceño arrugado. La voz que habían escuchado era de una niña, pero no se veía a nadie. Sonaron unos golpes débiles y una risa juguetona, y esta vez ubicaron la procedencia sin asomo de duda: detrás de Judith y Héctor.

Álvaro bordeó el sofá, seguido de cerca por Dante, y se toparon con una imagen difícil de creer.

―¿Alguien sabía que estaba ahí? ―preguntó Álvaro.

Los demás negaron en silencio. Jugando sobre la alfombra se hallaba una niña de unos cinco años, seis como máximo. Era morena y llevaba el pelo recogido en dos coletas altas. Sus ojos eran dos esferas negras penetrantes que resaltaban sobre una piel suave, ligeramente pálida. La niña sonrió de un modo irresistible y luego miró en todas direcciones con la expresión de quien busca algo con impaciencia.

―¿Dónde está Zeta?

―¿Qué hace aquí esta mocosa? ―preguntó Dante con desgana.

Héctor se arrodilló junto a la niña y se quedó mirándola fascinado.

―No sé dónde está Zeta, pequeña ―contestó Álvaro―. ¿Quién es Zeta? ¿Lo sabéis vosotros?

―Esto es absurdo ―gruñó Dante―. Una niña no puede estar aquí esta noche. Voy a llevármela y avisaré a la policía…

―¡No lo hagas! ―gritó Héctor incorporándose bruscamente.

―¿Qué te pasa, desharrapado? ―preguntó Dante.

Héctor no apartó los ojos de la niña, que les observaba a todos con expresión divertida. Gateaba sobre la alfombra acercándose a cada uno de ellos según hablaban, excepto a Judith, que permanecía en el sillón y la miraba desde detrás del respaldo.

―Yo no la tocaría―dijo Héctor―. Es Ella.

―¿Qué quieres decir? ―intervino Álvaro―. No insinuarás que ella también ha recibido una invitación. Es imposible.

―Tú eres el que no debes tocarla ―dijo Dante―. Con lo sucio que estás le transmitirías alguna enfermedad.

Dante dio un paso hacia la niña.

―Es Ella ―repitió Héctor en tono firme. Dante se quedó quieto y le fulminó con la mirada. Era evidente que no estaba de acuerdo―. Fíjate bien en la niña. Mira su sombra.

Todos siguieron la sugerencia. Tardaron pocos segundos en darse cuenta de lo que Héctor quería resaltar. Álvaro se agachó para ver más de cerca. No lo necesitaba pero era demasiado increíble, tenía que estar soñando. Judith se reclinó más sobre el respaldo del sofá. Dante entornó los ojos y abrió la boca.

―Es imposible ―dijo Álvaro con admiración.

―Es un truco ―dijo Dante.

―¿En serio? ―preguntó Judith―. ¿Y cómo se hace un truco así?

Dante no respondió, siguió mirando la sombra de la niña, como los demás. Era la única que se proyectaba hacia la luz, en sentido contrario al resto. Las sombras de Álvaro y Dante se extendían desde sus pies hacia la niña, obedeciendo la lógica de bloquear la luz de la lámpara, que estaba situada por encima de ellos, detrás de sus espaldas. La sombra de la niña debería alejarse de ellos, pero sin embargo, se proyectaba en sentido contrario.

Álvaro dedicó un momento a estudiar el semblante de la pequeña y vio que las sombras de su rostro se correspondían con las que crearía una lámpara que estuviese por detrás de ella, sin embargo la luz le daba directamente en la cara. No tenía sentido.

―Definitivamente es Ella ―dijo convencido.

―Es lo último que hubiese esperado ―dijo Dante―. Es demasiado joven. ¿Cuántos años tendrá? Dudo siquiera que sepa escribir. Ella no puede habernos enviado las invitaciones.

Álvaro detectó nerviosismo en la argumentación de Dante. A todas luces estaba discutiendo consigo mismo, tratando de convencerse de que aquella niña con aspecto inocente no era la responsable de que todos estuviesen allí. Era difícil de aceptar y sin embargo no cabía otra explicación.

―¡Quiero jugar! ―dijo la niña de repente.

Dio un par de palmadas en el suelo, se levantó con algo de dificultad y echó a andar hacia la mesa. Los tres hombres se apartaron rápidamente de su camino. La pequeña caminó con paso tambaleante hasta una de las sillas que rodeaban la mesa, exhibiendo en todo momento una sonrisa muy amplia. Álvaro se alegró, pues lo último que quería era ver a esa niña enfadada.

―No creo que lo consiga por sí sola ―dijo Dante. La niña se esforzaba al máximo por subir a la silla, pero era demasiado alta para ella―. Tal vez deberíamos ayudarla.

―Buena idea ―dijo Álvaro―. Adelante, aúpala. ―Le invitó a hacerlo con un gesto de la mano.

Dante no se movió. Álvaro captó una fugaz sombra de miedo en sus ojos. No se atrevía a tocar a la pequeña anfitriona. Héctor seguía observando con mucha atención a la niña, como si nada más existiese en el mundo.

―Nos está indicando que nos sentemos ―dijo Judith desde el sofá―. ¿No os habéis fijado en la mesa?

Había cinco sillas en total, la que la niña intentaba ocupar y cuatro más, una para cada uno de ellos. Pero era otro el detalle que les convenció a todos. La colección de botellas que antes poblaba la mesa, y de la que Dante se había servido ya tres copas, había desaparecido. En su lugar había un tapete verde sin adornos con un objeto en el centro que era el verdadero motivo de su reunión.

―Tienes razón ―dijo Dante. Pasó al lado de la niña y se sentó en la silla que estaba más alejada―. Espero que vuelva a traer la bebida.

Héctor se sentó justo a la derecha de la niña sin decir una sola palabra.

―Yo la ayudaré a subir ―anunció Álvaro.

Se aproximó a la pequeña y se agachó con los brazos extendidos, resuelto a cogerla por debajo de los hombros, pero no llegó a tocarla. Se quedó quieto en esa extraña postura al escuchar un gruñido grave a su espalda. Era profundo y retumbaba en toda la estancia con una fuerza casi tangible. Álvaro no dudaba que aquello era algún tipo de advertencia, tal vez de amenaza. Giró la cabeza muy despacio, con cuidado, sólo el cuello, manteniendo sus brazos alargados en el aire hacia la niña.


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